miércoles 2 de junio de 2010

Castillos de cristal

Aqui les dejo la primera parte de una novela que inicie es un estilo spoiler ya que no me gusta mostrar los trabajos que no estan terminados. Un cordial saludo. Comenten.


La mañana era fría y los árboles estaban cubiertos de nieve. Todo alrededor era de tal blancura que cegaba la vista mientras te acostumbrabas a esa luz especial que envolvía todo por completo.
Se deslizaba con gracilidad por el hielo hacia altos y giros aerodinámicamente hermosos y artísticos en un lago congelado cerca de su casa.
Su mirada era determinante y con piernas firmes y torneadas se impulsaba para dar un triple.
Sus movimientos quedaban grabados en el hielo en forma de ochos y círculos perfectos que evidenciaban su gran destreza en el deporte.
No olvidaría el día en que vio una rutina de patinaje por primera vez. El profundo e indescriptible sentimiento que la invadió aunado con las ganas de querer intentarlo.
Fue un día en que su hermano la llevó a un entrenamiento de la hermana de su mejor amigo, quien ensayaba para una presentación en la escuela.
Nicole es el nombre de aquella chica que la inspiró a seguir sus huellas en el hielo.
Catherine tenía cuatro años y desde ese instante quedo fascinada con el mini espectáculo de Nicole, quien ese entonces estaba empezando a aprender el oficio y solo hacía unos cuantos saltos y piruetas.
A los pocos días convenció a su mamá de que la llevara a tomar clases.
Desde el primer día su instructora notó su talento y de inmediato le informó a su mamá.
–Esta niña va a llegar muy lejos, se lo puedo asegurar. –le dijo, y en su momento creyó que solo era una táctica para que siguiesen pagando las clases.
Esa mañana en la que despertó intuyó que su entrenamiento sería excelente, lo supo porque delicados rayos de luz le bañaron el rostro mucho antes de que sonara el despertador , tuvo la dicha de ser levantada por la madre naturaleza y a no regañadientes como cada mañana era costumbre
Amaba dormir. La sensación cálida y sutil de los cobertores sobre su piel, el café por la mañana y el recuperar las energías por medio de un sueño reparador, la hipnotizaba.
Eran las seis y media de la mañana, llevaba un hora y media patinando muy poco tiempo para ser una patinadora profesional a pocos meses de los juegos olímpicos.
Como mecanismo de defensa optaba por olvidarse del estrés y compromiso de una competencia de esa índole, en vez de eso se entregaba al deporte y lo disfrutaba al máximo como algo que la hacía feliz y le recordaba la dicha de estar viva.
Aun así, en ocasiones los nervios se apoderaban de ella y los calmaba con chocolates, alimento prohibido por su entrenadora quien no le perdonaría que subiera un gramo, aunque en estos momentos ella se encontraba de viaje ya que fue a comprar los trajes y patines para la competencia. Sería conveniente aprovechar su ausencia y comer unos cuantos.
Lo temible del asunto era que los patines al ser nuevos, le ocasionarían lesiones en sus pies cuando cayera o simplemente con usarlos, debía ablandarlos durante quince días por lo menos. Tanto pensar en la competencia ahora si acabaría por ponerla nerviosa así que decidió terminar la rutina.
Recogió sus cosas y admiró el paraje fantástico y brillante de la nieve rodeándolo todo. Exhaló y su boca despidió vapor.
Al llegar a casa colocó sus kilos de ropa en la cesta junto a la puerta de entrada y colgó su gorro en el perchero, azabache y antiguo.
Sus trofeos fueron los primeros en darle la bienvenida, su madre los había acomodado en la repisa junto al buro.
Entró a su habitación y un olor a rosa la embelesó. Su mamá puso aromatizante en presentación de sachet.
Se arregló aprisa y cepilló su rubia y larga cabellera con sumo cuidado.
En veinte minutos estuvo lista. Desayunó un tazón con fruta y yogurth.
Abajo su madre la esperaba con una bufanda que tejió para ella porque se había quejado del inclemente frio muy propio de la ciudad de Quebec.
–Se te hará tarde cariño, apresúrate. – dijo desde la puerta agitando las llaves del auto.
– ¡Ya voy, mamá! –gritó desde el segundo piso.
Un minuto después bajo a toda prisa y su mamá le colgó su nueva bufanda.
–oh gracias. – dijo Catherine.
Su mamá la llevó a la universidad. En el camino durmió un rato.
Llegó justo a tiempo, el timbre acababa de sonar.
Entró en el aula y sus compañeros entregaban carpetas al profesor.
Catherine tomó asiento junto a su amiga Lisa.
– ¿Qué es eso? – le preguntó señalando una carpeta que tenía en las manos.
–La tarea. –dijo Lisa como si fuera la verdad más obvia del mundo.
– ¿Cuál? –preguntó confundida.
–La de literatura, el ensayo que pidió la semana pasada – Respondió Lisa.
Catherine se entristeció; creyó que ese día todo sería perfecto.
El profesor Jefferson notó su cambio de semblante y se acercó a ella para decirle en voz baja.
–Sé que has entrenado mucho y estas muy ocupada con ello, entrégame la tarea cuando puedas. Pero no se lo comentes a nadie. ¿De acuerdo?
Catherine asintió y sintió alivio,
En el refrigerio quiso despejarse un rato así que fue a caminar por los pasillos.
Una suave melodía proveniente del aula de música llamó su atención y se asomó para ver quien tocaba.